VERDE
Una ciudad necesita pulmones para respirar. Los parques y los jardines,
las calles arboladas y los maceteros de las ventanas hacen mucho más que
embellecer nuestros paisajes de cemento. Nos proporcionan un respiro
vital. La hierba, el barro, las hojas y las flores nos conectan a la
tierra y contrarrestan el polvo y la suciedad. Al fin y al cabo,
seguimos siendo animales. A través de la naturaleza percibimos el paso
del tiempo, de las estaciones y de los elementos. No se trata solo de
compensar las emisiones de carbono o de disponer de un lugar al que ir
de pícnic los días de buen tiempo, sino de mantener una relación simbiótica fundamental entre el ser humano y la naturaleza. Cuanto menos contacto estamos con ella, menos natural es nuestro comportamiento.
PÚBLICA
Luis Mendo
Aunque es difícil cuantificarlo con
estadísticas, se sabe que la calidad de los espacios públicos de una
ciudad influye en la felicidad de sus habitantes. En una época en la que
cada centímetro de suelo se aprovecha para fines privados y
comerciales, se empiezan a apreciar las nefastas consecuencias de la
desaparición del espacio público. Las ciudades pierden vida y sus
habitantes se ahogan. La vida que surge entre los edificios forja la
personalidad y el carisma de una ciudad. Es ahí donde la gente se reúne,
en fiestas o en manifestaciones, para convertirse en algo más grande
que ellos mismos. Poseer las calles y llenar las plazas es un viejo
derecho democrático de la población urbana.
DOMÉSTICA El mobiliario urbano puede transformar una calle,
convirtiendo un paisaje hostil en un lugar acogedor. No dar con una
papelera es un fastidio. Las papeleras, los bancos
o una iluminación elegante contribuyen a que la vida urbana florezca
más allá de la puerta de nuestras casas. La tiranía de algunos
reguladores demasiado cautos, que ven en el mobiliario urbano una
invitación al vandalismo, ha convertido los espacios públicos en meras
rutas entre dos puntos. La desconfianza genera mala conducta.
Irónicamente, promover una cultura amable mediante el diseño de lugares
en los que la gente pueda detenerse tranquilamente evita la delincuencia
y el vandalismo de manera más eficiente y natural.
ENTRÓPICA Las primeras ciudades nacieron donde la gente se
reunía para comerciar con bienes y contarse novedades. Un intercambio
diversificado es la argamasa que ha mantenido siempre unida a una
ciudad. Aunque hoy reconocemos la necesidad de que haya tolerancia,
resiliencia y diversidad, la expansión urbana tiende a sistematizar el
espacio y a crear guetos. Y así se crean entornos estériles y
segmentados que, como las cámaras de resonancia físicas, no reflejan el
desorden de la vida real. Apoyar iniciativas independientes es crucial
para que la población urbana mantenga su espíritu y su ayuda mutua. Las
ciudades avanzan cuando son lugares fértiles para un intercambio
diversificado.
DENSA La densidad suele considerarse la forma de diseño
urbano más eficiente. Pero edificar más en menos espacio no
necesariamente se traduce en casas más pequeñas o en edificios
claustrofóbicos. La generosidad es fundamental a la hora de planificar
una densidad eficiente. Deben elaborarse planos de planta flexibles que
se adapten a distintas necesidades y que evolucionen fácilmente. Debe haber suficiente espacio compartido,
tanto en el interior como en el exterior de los edificios, para que la
gente se reúna y aflore un sentimiento de comunidad. Una densidad
generosa tiene en cuenta la realidad habitable dentro del rompecabezas
del diseño urbano y reconoce tanto el contexto humano como el contenido
espacial.
MÓVIL Las ciudades más habitables facilitan el movimiento
de sus habitantes. Desde recorridos peatonales hasta carriles para
bicicletas, pasando por un excelente transporte público y una gestión
sensata del tráfico, disponer de opciones de movilidad permite a los
habitantes de una ciudad trazar su propio camino a través de la jungla
urbana. Cuanto más fácil es trasladarse por dentro y por fuera de una
ciudad, más vida se nota. Una infraestructura robusta y coherente
permite a la población y no al tráfico sentar las pautas de la
experiencia urbana. Planificar a largo plazo es importante. Un proyecto
inteligente puede dotar a la ciudad de carácter. Un sistema de
transporte que funcione bien y disfrute de un buen mantenimiento puede
convertirse en motivo de orgullo.
SEÑALIZADA
Luis Mendo
El lenguaje verbal de nuestras calles
influye en el carácter de una ciudad. Una buena señalización comunica
mucho más que el nombre de la calle o la dirección del tráfico. Aunque
todos llevamos teléfonos inteligentes en el bolsillo, los mapas y las
rutas expuestos en las aceras ayudan a absorber mejor el entorno físico y
a transitar por diferentes zonas en un contexto real y no virtual. Las
señales nos proporcionan caminos para adentrarnos en experiencias
urbanas. Nos ayudan a leer las ciudades, y un espacio legible se abre
ante nosotros como las buenas historias. Una ciudad transitable es una
ciudad que funciona.
CULTA Si la población es la savia de una ciudad, la cultura
es su alma. Darle oportunidades a la cultura para que florezca es vital
para crear un entorno urbano estimulante. A fin de que esto ocurra, es
crucial una programación robusta en toda la ciudad. La cultura no existe
únicamente en las instituciones y en los lugares designados para ello.
Debe aprovecharse toda oportunidad, por pequeña que esta sea, para que
la gente participe, desde exposiciones de arte públicas permanentes
hasta instalaciones temporales en edificios infrautilizados o la
celebración de fiestas locales. Una dirección creativa que logre
provocar una respuesta apasionada contribuye a generar un sentimiento de
orgullo local entre la población urbana.
ANTIGUA Y MODERNA Las ciudades son depósitos de cultura social
histórica con capas que evolucionan constantemente. Cuantas más capas
visibles haya, más fascinantes se nos presentan. Las leyes de protección
ayudan a preservar el pasado de las ciudades, pero también es
importante dejar espacio para contar historias de futuro. Con la rapidez
con la que crecen, es fundamental mantener una tensión racional entre
lo antiguo y lo moderno. Para ello debe existir un sano debate en torno a cómo seguir contando la historia de un edificio,
de un barrio o de una ciudad. No estamos hablando aquí de la
construcción de lugares por parte de promotores urbanos. La existencia
de un foro en el que pueda debatirse qué importa y por qué crea un
compromiso más profundo entre la población y su hábitat urbano.
SEGURA Vivimos en una época en la que la vigilancia
generalizada y la policía armada, concebidas para velar por nuestra
seguridad, nos hacen sentir más inseguros. Una seguridad tan intensiva
no es la mejor protección para una ciudad. El recurso más valioso para
hacerlo es la población misma. Esto no quiere decir que la vigilancia
ciudadana sea la mejor manera de avanzar. Más bien al contrario. Diseñar
entornos en los que la gente se sienta cómoda y bienvenida y donde
pueda detenerse y pasar el rato es un factor disuasorio de la
delincuencia mucho más humano que los alambres de púas y la
televigilancia. Cuando nos sentimos seguros en público, vigilamos de
forma natural y nos cuidamos mutuamente. La protección es una percepción
que inspira seguridad, y no al contrario.
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